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  • María Fernández Lago

NO NOS OLVIDAMOS DE PERICO


Lo queremos. Lejos. Lo suficiente como para que el instinto no nos tome por sorpresa y el orden del factor almohada no altere el producto. Nuestro amor es sincero. Simpático. Sintético. Nos acordamos de él y de su madre frecuentemente, pero somos prudentes: no hacemos demostraciones públicas de afectos excesivos, de excesos afectivos. Los procesionamos en una interna emoción latente. Esto no logra que Perico nos descuide. Nos regala con postales de sus vacaciones, de sus reuniones, de sus méritos, con el fin de evitar nuestro silencio. Perico en la playa empanado en arena para el aceite bien caliente. Perico haciendo ojitos a la cámara que lo fulmina con su fogonazo implacable. Perico dedicándonos una sonrisa impávida a nosotros los impávidos.

Perico, no te olvidamos.

Hacemos cábalas sobre cuánto tiempo pasará desde que lo volvamos a ver hasta la próxima, apuestas sobre el tiempo que transcurrirá hasta otro tiempo que es el mismo, sometidos a una presencia que es solo un nombre al acecho.

Los vecinos están al tanto. Colocamos antes de su llegada carteles policromos con el grito “Welcome, Perico!”. Nos miran con precaución.

Perico llegará irremediablemente cualquier viernes por la tarde y nosotros tendremos preparada la cama y templada la cena. Y el ánimo, porque sabemos que estos encuentros ineludibles algún día terminarán. Con él. Con nosotros.


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Para el hombre escribo. Mira allí, donde el día se clava. La misma luz es la tuya, sábete siéndola. Llama de la mujer que te alumbra. Espejo y luna, fría fragua. Luz por dentro y luz reflejo. Fuego en

©
 

María Fernández Lago

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